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Casualidades, Laura Falcó Lara.

domingo, 27 de mayo de 2018

El último tren.

A principios de la primavera se convoca en mi pueblo un concurso local de cuentos y narrativa breve. Este año no sé por qué, quizá animada por las chicas del Círculo Literario, me atreví a participar. Yo, que jamás he escrito nada breve, escribí una historia de 4 folios a una cara y doble espacio y además ¡en catalán! lengua que apenas chapurreo, pese a que llevo 20 años viviendo en Cataluña vivo en un ambiente castellano parlante, pero sobre todo, no la escribo. 
Antes de que nadie se sienta ofendido porque piense que pongo poco interés en el idioma después de 20 años de residencia en Cataluña, quiero aclarar que los primeros años de mi estancia aquí, hice varios cursos de catalán, de ahí saqué la capacidad para leerlo y entenderlo muy bien, escribirlo fatal porque las reglas de acentuación me resultan complicadas y descubrí que tengo un problema de comprensión en cuanto a oír el idioma. Lo oigo, pero mi cerebro se empeña en traducirlo al castellano, luego pienso la respuesta en castellano y la tengo que traducir al catalán, lo que hace que mi proceso mental sea lento y torpe en cuanto al uso del catalán. Pero ahora que mi hija va a la escuela y recibe la educación en catalán por el tema de la inmersión lingüística he descubierto que cuando ella me habla en catalán, sin darme cuenta me voy esforzando en responderle yo igual y a ver si así me voy soltando. Que no es que no sé sepa, lo que no sé es pensar en catalán. 

Pero vayamos a por el cuento en sí, os lo copio y pego aquí abajo a continuación, primero en castellano y luego en catalán, para traducir el original escrito en castellano usé esta página de traducción y la verdad es que creo que me quedó muy logrado. 

Antes de poner el texto debo reconocer que no gané, ni siquiera quedé entre los tres finalistas, pero me siento orgullosa que haber escrito algo decente después de tanto tiempo de abandono de la literatura. Y vamos allá, mi relato se llama El útimo tren. 

A veces pienso que mi vida siempre ha estado ligada al tren. Que el sonido del silbato de la locomotora fue como una señal horaria y que mi vida se teje con los hilos de los cables de la catenaria. Casi como si pudiera usar las líneas de las interminables vías a modo de renglones sobre los que escribir el devenir de mi historia personal.

Cuando me hice mayor, decidí viajar en tren por todo el país con una gran mochila por todo equipaje y una cámara réflex al cuello y varios meses después y tras recorrer miles de kilómetros rodando sobre raíles de acero, conocería al amor de vida. Continuamos juntos aquel viaje, como cuando las vías se unen y entrecruzan en un cambio de agujas.

Él era un viajero compulsivo, pese a que su edad casi doblaba mis breves veinte años, la conexión entre nosotros fue tan buena desde el primer momento como la de dos ruedas dentadas que encajan perfectamente.

El recorrido que hicimos juntos nos llevó fuera de las fronteras de nuestro país, juntos recorrimos parte de Europa, visitamos ciudades en dónde fuimos los únicos en muchos kilómetros a la redonda en hablar nuestro idioma. Y no nos importaba, es un tópico, pero el sentirnos diferentes a los demás nos hacía sentirnos únicos y unidos de una manera tan especial que sólo aquellos que han conocido el amor verdadero lo entenderán.

A veces hacíamos el camino juntos, otras veces nuestras vías se separaban en la puerta de la estación y, mientras él, viajero constante, que ya había estado en todas partes al menos un par de veces, visitaba a antiguos amigos; yo, nueva en el lugar, exploraba calles, visitaba museos, monumentos y arquitectura propia del lugar que inmortalizaba con mi cámara. Era un testamento vivo de los sitios por los que pasaba y en cierta manera era mi tesoro.

Siempre el silbido del tren nos volvía a reunir en un nuevo convoy que nos llevaba a otro nuevo destino. Albergues, hoteles, posadas y vagones nocturnos con camas fueron el nido en que reposaba nuestro amor viajero.

Me presentó a unos amigos en una ciudad tan hermosa que era un pecado perderse una excursión por sus calles; aquel día, con aquellas personas, supe que él jamás renunciaría a su modo de vida. Había conocido a personas tan estupendas en tantas partes del mundo, que encerrarle en una casa, a hacer la vida que a cualquier persona normal le encantaría, sería como encerrar en una jaula al animal más bello del mundo, aún siendo plenamente consciente de que esto le mataría de pena.

Tras unos meses maravillosos durante los cuales fuimos muy felices, mi año sabático terminó; debía regresar a casa y volver a una vida convencional. Yo era una estudiante universitaria que había tomado un año libre para viajar antes de acabar la carrera y así tener que aceptar que definitivamente me hacía adulta. Él era un artista, fotografiaba, pintaba, escribía poesías, todo lo que una chica soñadora anhela y todo lo que espantaría a los padres de esta misma chica.

Me acompañó a casa, conoció a mi familia, pasó unos días conmigo y luego volvió a partir. Pero esta vez no se alejó de mí en tren. El mundo de este lado del Atlántico se le quedaba pequeño y su próximo medio de transporte sería un avión que le depositaría en un nuevo continente.

No sabíamos cómo íbamos a seguir comunicándonos, estábamos en esa época que ahora nos parece casi prehistórica, en la que había pocos móviles y los que habían sólo servían para llamar. Quedamos en que me enviaría postales desde algunas ciudades, para que yo pudiese saber que estaba bien. Mientras las alas del avión se lo llevaban volando de mi lado, tuve la certeza de que aquello acababa allí.

Apenas llegaron unas cuantas postales, una o dos llamadas en las que su voz sonaba distante y entrecortada por la calidad de la línea y nuestra relación se diluyó en el tiempo y en el espacio que nos separaba.

Volví a mi vida, mi carrera, mis amigas, mis prácticas y con la suerte de mi parte, pronto empecé a trabajar de lo mío. No necesitaba volver a enamorarme, así que mi coraza de persona que no desea conocer de nuevo el amor me hizo invisible para todos los hombres durante mucho tiempo. Luego conocí al hombre con el que me casaría al cabo de unos años, pero siempre hubo en mi corazón un pequeño rinconcito en el que veía un vagón de tren esperando por mi en el anden; un tren que me alejaría de mi vida convencional y me llevaría a recorrer de nuevo aquellos caminos que descubrí con él, aquellos países y ciudades donde él y yo fuimos únicos, pero para entonces ya me faltaba el valor.

Pasaron rápido los años, un tiempo precioso de felicidad con mi marido y la familia que formamos, no tuvimos hijos porque nunca llegaron pero no nos hicieron falta; viajamos, vivimos en distintas ciudades, trabajamos mucho, disfrutamos y pasamos por crisis como todas las parejas, pero este amor discreto tuvo las raíces lo suficientemente profundas como para aguantar todo este tiempo, hasta que él falleció de un infarto fulminante poco después de nuestro décimo quinto aniversario de matrimonio.

Los tiempos modernos nos trajeron las redes sociales y la conexión universal, la forma en la que nadie está nunca demasiado lejos, porque podemos hablar con la otra punta del globo terráqueo en tiempo real y prácticamente gratis. Sin darme cuenta, me descubrí un día tecleando su nombre en el buscador de facebook y allí estaba él, aunque había muchas más personas con su mismo nombre, era él sin duda; en la fotografía de su perfil, un bello primer plano, todavia podían apreciarse sus preciosos ojos pardos, brillantes y jóvenes, como si no hubieran pasado por ellos los más de veinte años que separaban nuestro último encuentro. Investigué en sus datos de la red y descubrí que vivía en aquella ciudad en la que nos encontramos la primera vez, a unos pocos miles de kilómetros de mi localidad. Necesité al menos un par se semanas para reunir el valor de escribirle, me daba miedo introducirme de nuevo en su vida, ¿pudiera ser que él no me recordase ya? Pero una noche soñé con él, con aquella estación donde durante todos estos años me había esperado un vagón que me llevaba de vuelta a su lado, me levanté de madrugada y le escribí a través del servicio de mensajería de facebook. Sólo fui capaz de escribir un escueto saludo formal y un buenas noches. Su respuesta no tardó ni cinco minutos: Buenas noches, llevo veinte años esperando la oportunidad de volver a hablar contigo.

El torrente de palabras fue imparable, le había encontrado conectado a estas horas de la noche porque seguía siendo un artista y todavía estaba trabajando, editando en su ordenador algunas fotos para un encargo. Me envió una fotografía, me dijo que había sido su favorita durante mucho tiempo, era una instantánea que me había sacado en el aeropuerto el día que nos separamos, tanto tiempo atrás, sin que yo me diera cuenta. Ésta es la última imagen que tengo de ti, me dijo; en la foto yo estaba de perfil, con la cabeza alzada, mirando los indicadores del aeropuerto y leyendo los datos del vuelo en el que él se marcharía apenas unas horas después. Me emocioné al verla. Me había retratado tal como yo era, no hubiera sido lo mismo una foto posada, con la sonrisa forzada y los hombros rectos. En esta que veía ahora era yo misma, con mi pelo cayendo por la espalda en una trenza floja y arrugando un poco los párpados en clara posición de miope.

Apenas ha pasado un semana desde aquella noche, no hemos parado de escribirnos, primero por la mensajera de la red social, luego por whatsapp e incluso me llamó una vez, pero sólo fui capaz de llorar al oír su voz, con el corazón encogido y las lágrimas rodando por mi rostro, sonaba igual que tantos años atrás y oír mi nombre en su voz fue como viajar atrás en el tiempo.

Ahora estoy viajando de nuevo, escribo esta carta desde mi asiento en el tren de largo recorrido que me lleva hasta la ciudad en la que coincidimos la primera vez. No se parece en nada al antiguo vagón que durante tanto tiempo apareció en mis sueños, viajo en un moderno y rapidísimo tren de alta velocidad, como decía al principio, escribiendo mi vida sobre las líneas de las vías y tejiéndola con los hilos de la catenaria.

Siempre se dice aquello de que hay trenes que sólo pasan una vez en la vida. Puede que este no sea mi último viaje, pero es mi último tren y no podía dejarlo pasar.

Acabo de darme cuenta de que todavía no os he dicho mi nombre, me llamo Penélope, como aquella mujer de la canción que se queda eternamente en la estación esperando a un amor que jamás volvería.

Yo viajo hacia mi destino sin miedo, porque sé que Andrés me está esperando al final de la vía. 
 En catalán: 
L'últim tren.

De vegades penso que la meva vida sempre ha estat lligada al tren. Que el so del xiulet de la locomotora va ser com un senyal horari i que la meva vida es teixeix amb els fils dels cables de la catenària. Gairebé com si pogués fer servir les línies de les interminables vies a manera de línies sobre els quals escriure l'esdevenir de la meva història personal.

Quan era jove, vaig decidir viatjar amb tren per tot el país amb una gran motxilla per tot equipatge i una càmera rèflex al coll; diversos mesos després i després de recórrer milers de quilòmetres rodant sobre rails d'acer, li vaig conèixer a ell. Continuem junts aquell viatge, com quan les vies s'uneixen i entrecreuen en un canvi d'agulles.
Ell era un viatger compulsiu, malgrat que la seva edat gairebé doblegava els meus breus vint anys, la connexió entre nosaltres va ser tan bona des del primer moment com la de dues rodes dentades que encaixen perfectament.

El recorregut que vam fer junts ens va portar fora de les fronteres del nostre país, junts vam recórrer part d'Europa, visitem ciutats on vam ser els únics en molts quilòmetres a la rodona a parlar el nostre idioma. I no ens importava, és un tòpic, però el sentir-nos diferents als altres ens feia sentir-nos únics i units d'una manera tan especial que només aquells que han conegut l'amor veritable ho entendran. De vegades fèiem el camí junts, altres vegades les nostres vies se separaven en la porta de l'estació i, mentre ell, viatger constant, que ja havia estat a tot arreu almenys un parell de vegades, visitava a antics amics; jo, nova en el lloc, explorava carrers, visitava museus, monuments i l'arquitectura pròpia del lloc que immortalitzava amb la meva càmera. Era un testament viu dels llocs pels quals passava i en certa manera era el meu tresor. Sempre la xiulada del tren ens tornava a reunir en un nou comboi que ens portava a una altra nova destinació. Albergs, hotels, posades i vagons nocturns amb llits van ser el niu en què reposava el nostre amor viatger. Em va presentar a uns amics en una ciutat tan bella que era un pecat perdre's una excursió pels seus carrers; aquell dia, amb aquelles persones, vaig saber que ell mai renunciaria a la seva forma de vida. Havia conegut a persones tan estupendes en tantes parts del món, que tancar-li en una casa, a fer la vida que a qualsevol persona normal li encantaria, seria com tancar en una gàbia a l'animal més bell del món, encara sent plenament conscient que això li mataria de pena.

Després d'uns mesos meravellosos durant els quals vam ser molt feliços, el meu any sabàtic va acabar; havia de tornar a casa i tornar a una vida convencional. Jo era una estudiant universitària que havia pres un any lliure per viatjar abans d'acabar la carrera i així haver d'acceptar que definitivament em feia adulta. Ell era un artista, fotografiava, pintava, escrivia poesies, tot el que una noia somiadora anhela i tot el que espantaria als pares d'aquesta mateixa noia. Em va acompanyar a casa, va conèixer a la meva família, va passar uns dies amb mi i després va tornar a partir. Però aquesta vegada no es va allunyar de mi amb tren. El món d'aquest costat de l'Atlàntic se li quedava petit i el seu proper mitjà de transport seria un avió que li dipositaria en un nou continent.

No sabíem com seguiríem comunicant-nos, estàvem en aquesta època que ara ens sembla gairebé prehistòrica, en la qual hi havia pocs mòbils i els que havien només servien per trucar. Quedem que m'enviaria postals des d'algunes ciutats, perquè jo pogués saber que estava bé. Mentre les ales de l'avió l'hi portaven volant del meu costat, vaig tenir la certesa que allò acabava allí. Amb prou feines van arribar unes quantes postals, i una o dues trucades en les quals la seva veu sonava distant i entretallada per la qualitat de la línia i la nostra relació es va diluir en el temps i a l'espai que ens separava.

Vaig tornar a la meva vida, la meva carrera, les meves amigues, i amb la sort de la meva part, aviat vaig començar a treballar del meu. No necessitava tornar a enamorar-me, així que la meva cuirassa de persona que no desitja conèixer de nou l'amor em va fer invisible per a tots els homes durant molt temps. Després vaig conèixer a l'home amb el qual em casaria al cap d'uns anys, però sempre va haver-hi en el meu cor un petit raconet en el qual veia un vagó de tren esperant-me en l'andana; un tren que m'allunyaria de la meva vida convencional i em portaria a recórrer de nou aquells camins que vaig descobrir amb ell, aquells països i ciutats on ell i jo vam ser únics, però per llavors ja em faltava el valor.

Van passar ràpid els anys, un temps preciós de felicitat amb el meu marit i la família que formem, no vam tenir fills perquè mai van arribar però no ens van fer falta; viatgem, vivim en diferents ciutats, treballem molt, gaudim i passem per crisis com totes les parelles, però aquest amor discret va tenir les arrels prou profundes com per aguantar tot aquest temps, fins que ell va morir d'un infart fulminant poc després del nostre dècim cinquè aniversari de matrimoni.

Els temps moderns ens van portar les xarxes socials i la connexió universal, la forma en la qual ningú està mai massa lluny, perquè podem parlar amb l'altra punta del globus terraqüi en temps real i pràcticament gratis. Sense adonar-me, em vaig descobrir un dia teclejant el seu nom en el cercador de facebook i allí estava ell, encara que hi havia moltes més persones amb el seu mateix nom, era ell sens dubte; en la fotografia del seu perfil, un bell primer plànol, encara podien apreciar-se els seus preciosos ulls marrons, brillants i joves, com si no haguessin passat per ells els més de vint anys que separaven la nostra última trobada. Vaig investigar en les seves dades de la xarxa i vaig descobrir que actualment vivia en aquella ciutat en la qual ens trobem la primera vegada, a uns pocs milers de quilòmetres de la meva localitat. Vaig necessitar almenys un parell de setmanes per reunir el valor d'escriure-li, em feia por introduir-me de nou en la seva vida, pogués ser que ell no em recordés ja? Però una nit vaig somiar amb ell, amb aquella estació on durant tots aquests anys m'havia esperat un vagó que em portava de tornada al seu costat, em vaig aixecar de matinada i li vaig escriure a través del servei de missatgeria de facebook. Només vaig ser capaç d'escriure una escarida salutació formal i un bona nit. La seva resposta no va trigar ni cinc minuts: Bona nit, fa vint anys que espero l'oportunitat de parlar amb tu.

El torrent de paraules va ser imparable, li havia trobat connectat a aquestes hores de la nit perquè seguia sent un artista i encara estava treballant, editant en el seu ordinador algunes fotos per a un encàrrec. Em va enviar una fotografia, em va dir que havia estat la seva favorita durant molt temps, era una instantània que m'havia tret en l'aeroport el dia que ens separem, tant temps enrere, sense que jo m'adonés. Aquesta és l'última imatge que tinc de tu, em va dir; a la foto jo estava de perfil, amb el cap alçat, mirant els indicadors de l'aeroport i llegint les dades del vol en el qual ell es marxaria unes hores després. Em vaig emocionar en veure-la. M'havia retratat tal com jo era, no hagués estat el mateix una foto posada, amb el somriure forçat i les espatlles rectes. En aquesta que veia ara era jo mateixa, amb els meus cabells caient per l'esquena en una trena fluixa i arrugant una mica les parpelles en clara posició de miope.

Només ha passat un setmana des d'aquella nit, no hem parat d'escriure'ns, primer per la missatgera de la xarxa social, després per whatsapp i fins i tot em va trucar una vegada, però només vaig ser capaç de plorar en sentir la seva veu, amb el cor encongit i les llàgrimes rodant pel meu rostre, sonava igual que tants anys enrere i sentir el meu nom en la seva veu va ser com viatjar enrere en el temps.

Ara estic viatjant de nou, escric aquesta carta des del meu seient al tren de llarg recorregut que em porta fins a la ciutat en la qual coincidim la primera vegada. No s'assembla en res a l'antic vagó que durant tant temps va aparèixer en els meus somnis, viatjo en un modern i rapidíssim tren d'alta velocitat, com deia al principi, escrivint la meva vida sobre les línies de les vies i teixint-la amb els fils de la catenària.
Sempre es diu allò que hi ha trens que només passen una vegada en la vida. Pot ser que aquest no sigui el meu últim viatge, però és el meu últim tren i no podia deixar-ho passar.
Acabo d'adonar-me que encara no us he dit el meu nom, em dic Pen
èlope, com aquella dona de la cançó que es queda eternament en l'estació esperant a un amor que mai no tornaria. Jo viatjo cap a la meva destinació sense por, perquè sé que l'Andreu m'està esperant al final de la via.

Espero que os guste.  

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